Ecuador, marzo del 2018

María Chacaguasay – Otavalo

Cuenta sobre su orgullo de ser una mujer indígena y que le gusta dar a conocer las artesanías de las comunidades.

Luz María- Otavalo

Comparte recuerdos de su infancia y habla sobre la escasez de turismo internacional desde que Ecuador se dolarizó.

Elena Ramos- Otavalo

Indica de cómo aprendió a hacer el sombrero del Diablo Uma, que se emplea para las celebraciones del 14 de Julio.

María Sanchez- Otavalo

Rememora sobre su infancia y sus inicios como bordadora.
IMPRESIÓN DE MARÍA CLAUDIA ANDRÉ SOBRE EL MERCADO DE OTAVALO: A dos horas de la ciudad de Quito se encuentra Otavalo, una pequeña ciudad de gran interés para el turismo por su mercado de artesanías. Desde tiempos anteriores de la invasión... Leer más aquí
A dos horas de la ciudad de Quito se encuentra Otavalo, una pequeña ciudad de gran interés para el turismo por su mercado de artesanías.  Desde tiempos anteriores de la invasión inca en 1463, todos los sábados y miércoles por la mañana, el mercado se abre a los ojos de visitantes y locales, como un interminable caleidoscopio de colores y texturas.  La calidad, colorido y variedad de las artesanías textiles y de madera distingue a los indígenas otavaleños de otros grupos étnicos andinos.    Entre las más reconocidas por su laboriosidad y su tradición se encuentran los ponchos de vicuña, tapices de lana, corredores para mesa y todo tipo de utensilios de madera pintada que plasman imágenes de flores, montañas y fauna de la región. También se destacan las piezas de cerámica y las calabazas talladas a mano, inspiradas en diseños precolombinos.  Los sombreros de paja toquilla es otro rubro artesanal que ha logrado reconocimiento en el exterior y que es muy apreciado por el turista.

Desplazarse por las cinco o seis manzanas que ocupa el mercado de artesanías puede llegar a ser un desafío no solo por la multitud de gente, sino también por la gran cantidad de puestos esparcidos en forma irregular.  Sin embargo, la amabilidad de la gente, la energía de los vendedores así como los diferentes ritmos de música que pueden oírse por radios y altavoces hacen del corazón del pueblo una animada fiesta en la que no se puede dejar de participar.

La belleza de las otavaleñas y su vestimenta tradicional le dan al espacio una magia singular: faldas azules de entramado de telar, una blusa blanca primorosamente bordada y una faja multicolor.  El renegrido cabello largo, atado con una cinta de lana de vivos colores, resalta el brillo de los collares de mostacillas y aretes de plata.  Muchas de las vendedoras, en particular las de mayor edad, hablan quechua como primera lengua y tienen un mínimo conocimiento del castellano.

La Plaza de los Ponchos se reserva exclusivamente para la venta de artesanías, mientras que en los alrededores de la plaza se venden una infinidad de productos, algunos de producción artesanal, otros de fabricación industrial.  Al igual que en otros mercados de artesanías indígenas América Latina, entre los objetos hechos a mano localmente, se ven algunos manufacturados en China.   Son varias las vendedoras que comentan que las empresas chinas, en los últimos años, han comenzado a copiar las artesanías otavaleñas para venderlas en el exterior como originales.   También muchas de ellas confiesan haber perdido sus hijos a la migración a Europa o a los Estados Unidos, donde se ganan la vida vendiendo la artesanías manufacturadas por sus familiares.  Algunas de ellas mismas han cruzado las fronteras, llegando hasta México en busca de clientela, sin embargo, al poco tiempo han regresado a Ecuador debido a que el cambio del peso a dólar, no les compensa el costo y el esfuerzo del viaje.

Otra gran atracción es el mercado de mercado animales que funciona exclusivamente los sábados desde las cuatro hasta las once de la mañana.  Allí asisten los habitantes del área de Imbarabura y provincias cercanas para vender y comprar vacas, caballos, cerdos, todo tipo de aves y los muy apreciados cuyes (o cobayos), que son parte de la dieta de los habitantes de la región andina.   Además se pueden adquirir recados, lazos, monturas, granos y forraje.   A lo alto de una loma próxima al área de venta de animales se encuentran varios de puestos de comida, estratégicamente situados para atraer con el olor a guiso a los transeúntes.   El menú consiste en una variedad de platos tradicionales del país: locro, encebollado, cuy asado y patacones (o tostones).

Otavalo es una de las imperdibles atracciones del Ecuador.  Más allá de la belleza única de sus artesanías, el mercado es una manifestación tangible de la riqueza étnica y cultural de la diversa sociedad andina y de los pueblos que han sabido mantener sus tradiciones gracias a la persistencia y sabiduría de las mujeres y los hombres indígenas.  Los artesanos otavaleños, a través de su arte y sus costumbres milenarias, rescatan una genealogía del ser latinoamericano que se yuxtapone al consumismo y producción masivos de la globalización.

María Elena Cotacachi- Otavalo

Explica el proceso de diseño de colores y de materiales para adaptarlos al gusto del turista.

Guatemala, marzo del 2018

Doña Juanita – Chichicastenango

Puesto de comida donde la dueña habla de sus inicios como comerciante.
LA IMPRESIÓN DE VIVIANA RANGIL SOBRE EL MERCADO DE CHICHICASTENANGO: Chichicastenago es, tal vez, uno de los mercados indígenas más famosos y turísticos de América Latina. Se lo menciona en casi todas las guías de viaje de Guatemala... Leer más aquí

Chichicastenago es, tal vez, uno de los mercados indígenas más famosos y turísticos de América Latina. Se lo menciona en casi todas las guías de viaje de Guatemala y quien lo visita vuelve con la idea de que es “imperdible.” Pero el hecho de que sea un mercado conocido y turístico no implica que haya perdido su autenticidad. En Chichicastenango los turistas y las personas que venden, compran, comen y transitan se mezclan de manera visible y espontánea.

Entré a la zona del mercado temprano por la mañana, antes de las 9, por el lateral de la iglesia parroquial de Santo Tomás de Chichicatenango y como tuve la suerte de ir durante la época de Cuaresma, puede apreciar el despliegue de flores, velas, ofrendas y altares que son tradicionales en esa época del calendario católico.

Las actividades dentro de la parroquia y en sus alrededores inmediatos son ejemplos contundentes del sincretismo religioso imperante en esta parte del mundo maya guatemalteco. Volví a la parroquia dos veces durante el día solamente porque quería sentarme y ser testigo de  las celebraciones y ceremonias.

El sector del mercado alrededor de la parroquia está lleno de puestos con los elementos necesarios para las ofrendas. El resto del mercado se compone de áreas más o menos homogéneas donde se agrupan puestos de textiles y artesanías; frutas, verduras y carnes frescas; comedores y finalmente, en las calles periféricas, animales vivos para la venta.

      El mercado de Chichicastenango es de verdad maravilloso. Además de estar organizado en zonas y con puestos establecidos que llevan años vendiendo en el mismos lugar, hay también un segmento de la población que sigue la antigua tradición de concurrir a un lugar un día específico de la semana para comercializar.  Es por eso que el mercado se extiende y desborda como otros mercados indígenas. En ciertas esquinas hay señalización indicando el nombre de la calle y la zona en que se encuentra, pero en otros sectores hay que buscar la manera de recordar espacios para poder ubicarse.

Fuí a Chichicastenango pensando que en un mercado acostumbrado al influjo turístico habría mayor receptividad para entrevistas, pero la suposición no se confirmó. Las dueñas y vendedoras de una variedad de puestos de comida se mostraron renuentes a conversar. Algunas me pidieron que volviera a otra hora y cuando regresé se negaron a hablar. Otras aceptaron conversar pero no me permitieron ni grabar, ni escribir, ni fotografiar.  Necesito volver y pasar más tiempo recorriendo y haciendo amistades en este sitio mágico.

Yolanda – Chimaltenango

Tortillas al paso, a pedido y rapidísimo para apoyar el estudio de los hijos.

Marta – Chimaltenango

Las etapas de un día de trabajo para una vendedora de verduras y frutas.

Natalia – Chimaltenango

Vender verduras de hojas verdes en un puesto periférico.
LA IMPRESIÓN DE VIVIANA RANGIL SOBRE EL MERCADO DE CHIMALTENANGO: Martes 13 de marzo del 2018, primer día de mercado en Guatemala, destino Chimaltenango. Salí desde la ciudad de Antigua con un chofer a las 7:30 de la mañana. Chimaltenango... Leer más aquí
Martes 13 de marzo del 2018, primer día de mercado en Guatemala, destino Chimaltenango. Salí desde la ciudad de Antigua con un chofer a las 7:30 de la mañana. Chimaltenango es relativamente cerca, como a 45 minutos dependiendo del tráfico, que puede llegar a ser insoportable. Un colega guatemalteco me lo había recomendado como el centro comercial más grande de la zona y seguí el consejo de varias personas de ir al mercado con un guía, o acompañada.

La verdad es que sí es un centro comercial muy grande, y hay comercio de todo tipo. Es como si toda la ciudad fuera nada más que comercio. Mi chofer me llevó directamente al mercado más tradicional y caminó conmigo todo el tiempo. Parte del mercado es como los mercados de pulgas, hay venta de cualquier cosa que uno pueda buscar. En la parte de cosas frescas (verduras, frutas, carnes, etc) hay una variedad maravillosa de verduras y de hierbas conocidas y nuevas para mí. Todo parece recién cortado o cosechado. .       

Caminar por el mercado con un hombre al lado tiene sus ventajas. En términos de seguridad, el mercado de Chimaltenango parece un lugar tranquilo y en ningún momento tuve la impresión de peligro o dificultad. El  guia me brindó la oportunidad de sentirme despreocupada con respecto a los lugares donde iba pues no tenía que pensar en recordar puestos o nombres de calles para no perderme.  Pero, la presencia masculina al momento de hacer una entrevista puede llegar a ser un obstáculo. He notado más recelo, cautela y hasta imposibilidad de hablar si hay un hombre observando.

Tanto en el sector de verduras y frutas frescas como en el de comidas preparadas tuve la oportunidad de conversar con varias vendedoras, pero no en todos los casos las conversaciones fueron entrevistas. Una señora que estaba haciendo tortillas y rellenitas en el pasillo, muy joven y acompañada por su hijita (8 años más o menos) me habló bastante mientras trabajaba. Otra señora con un puesto estable en el mercado también me habló bastante de varias cosas, pero no quiso que la filmara ni que se use su nombre.

Cerca del mediodía salimos del mercado tradicional y caminamos por el zócalo, otra zona llena de puestos de comida preparada y de frutas frescas recién cortadas que se venden como comida al paso.

La gente estaba sentada en diferentes puestos comiendo y bebiendo. En muchísmos de los puestos las mujeres son las que cocinan y atienden y como era horario de comida y de ajetreo, a pesar de mis intentos, no hubo posiblidad de ninguna conversación.

Los zócalos (plazas en otros paises latinoamericanos) son lugares espléndidos para puestos de comida porque se usa el perímetro exterior para cocinar y comer y el centro para descansar o jugar con los niños. El zócalo de Chimaltenango, con el histórico marco de la iglesia en un lado y los edificios gubernamentales del otro, es obviamente un lugar tradicional para estas actividades. Se pueden pasar muuuuchas horas en el mercado de Chimaltenango …y caminar, y conversar, y mirar, y comprar, y para poder aprender de las vendedoras hace falta volver casi a diario y establecer nexos de confianza y respeto mutuo.

México, mayo a julio del 2018

Hierbas Medicinales – Mercado de Sonora

El sector de hierbas y dos perspectivas sobre el incalculable valor de la medicina natural.
LA IMPRESIÓN DE VIVIANA RANGIL SOBRE EL MERCADO DE SONORA EN LA CIUDAD DE MÉXICO: Con una población de casi 9 millones de personas, la ciudad de México es una de las más grandes del mundo. Si se considera la ciudad y el área metropolitana... Leer más aquí
Con una población de casi 9 millones de personas, la ciudad de México es una de las más grandes del mundo. Si se considera la ciudad y el área metropolitana se estima una población de 25 millones de personas.

En una ciudad de tal envergadura es obvio que hay cantidad y variedad de mercados. Por ejemplo, en el trayecto del aeropuerto al centro histórico pasamos por un precioso mercado de flores, el de Jamaica. La variedad y colorido de las flores y la elegancia de los arreglos florales eran una invitación a bajarse y caminar. Pero era solo una pasada que fue un deleite de exhuberancia. Esta nota es sobre el mercado de Sonora, uno de los más grandes y populares. Está abierto de lunes a domingo de 9 de la mañana a 7 de la tarde y lo visité el martes 15 de mayo por la mañana tempranito, antes de la apertura real de los puestos. Entré por el sector donde están los juguestes de peluche, de todo tipo, color, tamaño y precio. Los vendedores acomodaban sus puestos, muchos de ellos bajo techos provisorios de plástico amarillo. Los pasillos dentro del mercado son angostos y algunos no muy bien iluminados. Pasé por varios pasillos en los que se venden animales vivos de todo tipo. Hay mascotas como por ejemplo cachorritos, canarios, pero también hay conejos, palomas, gallinas y animales más grandes como cerdos y borregos.

Las frutas y verduras frescas  y las carnes están distribuidas en varios sectores y hay abundancia de oferta.  Me sorprendió ver las carnes cortadas y separ

adas por categorías y envueltas en plástico,  a la vista y casi al paso. Preocupante la falta de refrigeración en estos puestos pequeños, parecen como puestos ambulantes y no estables.  Junto con los productos frescos hay puestos que venden elementos de cocina, como cacerolas, jarros y cucharas.

El mercado no está contenido en un edificio sino que se expande y se extiende a la calle y a otras callles.Tanto es así que se puede cruzar la avenida Fray Servando usando  un puente/pasarellaEn el sector del mercado que está en la calle existe también un área para depositar basura. De hecho, los camiones con basura y los que llevan mercadería transitan por los mismos pasillos angostos.

Pasé más tiempo en el sector de hierbas.  Un sector pequeño, con un pasillo muy angosto y abarrotado de hojas verdes y secas de todo tipo. También hay flores, pero de las que se usan para armar “limpias.”  Compré un hermoso ramo para una limpia que usé cuando volví al hotel.

LA IMPRESIÓN DE VIVIANA RANGIL SOBRE EL MERCADO DE SAN JUAN PUGIBET EN LA CIUDAD DE MÉXICO: Ubicado en el centro histórico de la ciudad de México, el mercado de San Juan Pugibet es pequeño y casi como un patio de comidas. Hay muchísimos... Leer más aquí
Ubicado en el centro histórico de la ciudad de México, el mercado de San Juan Pugibet es pequeño y casi como un patio de comidas. Hay muchísimos puestos de comida al paso, y de comida preparada para llevar y, como es de esperarse, las ofertas y llamados a probar las delicias de cada puesto son constantes.Para llegar al mercado caminado hay que pasar por muchos de los lugares icónicos del centro historico, como por ejemplo el Palacio de Bellas Artes.

También se pasa por muchos comercios y calles de actividad constante, y en una de ellas me llamó un mural  de un niño.

La entrada al mercado por la calle Pugibet tiene un puesto vidriado adornado con flores que está dedicado a imágenes religiosas. Muy cerca de las imágenes hay dos sillas y un atril con una copia del evangelio.

En este mercado, además de frutas y verduras frescas y de comidas también hay puestos de tintorería, sastrería, óptica y otros negocios de servicio. Es obviamente un mercado más urbano y preparado par la gente que trabaja en la zona.

Ivelia – San Pedro de Cholula

Desde la niñez trabajando en el mercado y en el campo.

Jesús Manuel Hernández – Cholula

Almuerzo de mercado, entre memelas y paliacates Abril 5 de 2013.

Victoria- San Pedro de Cholula

Ya no se puede trabajar solamente en el campo, ahora los hijos estudian.

Irene Santiago Garcia- Benito Juárez

Describe sus inicios como pintora de artesanías y del arduo trabajo que conlleva vender en el mercado.

Margarita Perez – Benito Juárez

Narra sobre su entorno familiar, sobre su vida como vendedora y sobre su deseo de ser diseñadora de moda.

Yasmine Hernández – Benito Juárez

Opina sobre cómo se puede llegar a ser una buena vendedora y habla sobre las dificultades de mantener una familia cuando hay poca venta.

Rosa – Mercado de Abastos

Comprar y vender en el Mercado para abrirse camino.

Sara – Oaxaca

Cómo ser vendedora de alfalfa en el mercado y también ABOGADA!
LA IMPRESIÓN DE VIVIANA RANGIL SOBRE EL MERCADO DE ABASTOS EN OAXACA: Fui al Mercado de Abastos de Oaxaca con Irma Feliciano, quien generosamente se ofreció a acompañarme en una hermosa mañana de sábado. Llegamos en taxi directamente... Leer más aquí
Fui al Mercado de Abastos de Oaxaca con Irma Feliciano, quien generosamente se ofreció a acompañarme en una hermosa mañana de sábado. Llegamos en taxi directamente hacia la periferia del mercado, al sector de venta de animales. Los hombres dominan esos puestos, pero hay mujeres también con quienes intenté conversar, pero estaban muy ocupadas tratando con sus posibles clientes y la verdad es que me sentí como un estorbo. Dos hermanas con quienes pude establecer un corto diálogo tenían dos corrales, uno con cerdos y el otro con borregos y de lo poco que me contaron, se han dedicado a la venta de animales desde siempre, pues es una tradición de familia. Como el sol comenzaba a pegar fuerte en es parte del mercado,  casi en un abrir y cerrar de ojos, una de las mujeres sacó de su camión una viga larga de madera, algo de cuerda, y una lona que inmediatamente utilizó para armar un techo provisorio. Después de esperar un tiempo prudencial, pedimos disculpas y nos retiramos. Me hubiera encantado poder conversar más, ellas no estaban dispuestas.

Como su nombre lo indica, un mercado de Abastos contiene todo lo que se pueda necesitar y hay ventas tanto al por mayor como al consumidor final.  Paseamos por el sector de las verduras y las frutas frescas, nos encontramos con gente conocida de Irma, lo que fue estupendo porque también conocimos a una vendedora que lleva tiempo en su puesto y lo hace mientras termina con sus estudios de abogacía.

En el interior de la parte cubierta del mercado, en lo que parece ser el edificio original, hay un sector especial de panes que no había visto en otros mercados. Estantes y más estantes de al menos dos pasillos de pan. Es una zona donde el perfume a pan recién hormeado, y el aroma inconfundible de la levadura mezclado con el peso del azúcar que se siente en el aire hacen que la compra sea irresistible! Hay tantas cosas ricas para probar. Inmediatamente al lado de los panes hay venta de chapulines, los icónicos insectos comestibles de Oaxaca.

Canastas llenas de chapulines de distintos tamaños, según mi amigo Jesús Manuel, cuanto más pequeños, más sabrosos, …no sé, no estoy convencida. Hay mucho más que ver en el Mercado de Abastos, pero como el tiempo apremiaba comenzamos a caminar con destino al mercado Benito Juárez, que está cerca de la catedral de Oaxaca y en el centro de toda la actividad comercial, social y cultural de la ciudad.

Chocolate y Chapulines – Tlacolula

Empezamos probando chocolate y seguimos hablando de chapulines…

María Hernandez – Tlacolula

Habla sobre la administración de su negocio y sobre su trato con la clientela que asiste al mercado.
IMPRESIÓN DE KELLY FUHS SOBRE EL MERCADO DE TLACOLULA: A 40 minutos del centro de Oaxaca, México, se encuentra el mercado de Tlacolula. Para llegar allí tomamos un taxi. En ruta, aproveché para disfrutar del hermoso paisaje mexicano y preparar mentalmente las preguntas que haría a las mujeres... Leer más aquí:
A 40 minutos del centro de Oaxaca, México, se encuentra el mercado de Tlacolula. Para llegar allí tomamos un taxi.   En ruta, aproveché para disfrutar del hermoso paisaje mexicano y preparar mentalmente las preguntas que haría a las mujeres vendedoras al llegar.   Puestos de todo tipo se extendían hacia las afueras del mercado hasta donde alcanzaba llegar la vista. Pronto nos encontramos envueltas en puestos ubicados tanto a la derecha como a la izquierda, muchos de ellos cubiertos con una tela o lona para proteger la mercadería del sol.

En la primera sección del mercado se vendían diferentes tipos de comida. Había carros abarrotados de aromáticas piñas, pirámides de tomates, pimientos, mangos,  aguacates y montañas de cilantro inundaban el mercado. Mientras caminábamos por los puestos de comida se podía ver un esbozo de la modernidad, como por ejemplo, cantidad de puestos vendían anteojos, playeras y CDs.  Me llamó la atención el contraste entre estos objetos y los vendedores. Mientras que muchos de los ellos llevaban ropa a la moda como blusas o camisas con jeans, otros, en particular, las mujeres indígenas vestían ropa hermosamente ornamentada. Su ropa era vibrante y exquisitamente bordada.  Además de los diversos tonos de azul y rosa entretejidos en el bordado de sus blusas, muchas mujeres también llevaban pañuelos de seda en su cabeza con detalles de flores, y junto a ellas, se podían ver camisas hechas a mano, refinada joyería artesanal con mostacillas y pedrería y tapices.Una vez que nos adentramos en el corazón del mercado me encontré enfrente de un edificio con cientos de vendedores.  El edificio tenía varias secciones –por ejemplo, un área de venta carne donde se exhibía al público colgada de caños; en otras secciones había montañas de pan, y próximo a ellos, se podían apreciar varias piezas de arte hecho a mano. Uno de los pasillos principales albergaba a varias mujeres indígenas sentadas en el piso, vendiendo flores y plantas multicolores.

Al entrar en el predio se podía oler todo tipo de aromas, entre dulces, fuertes y ácidos. Primero, el dulce olor a pan; luego, el reconocible olor de carne cruda y finalmente, una exquisita brisa de flores frescas recién cortadas.

En mi interacción con las vendedoras, y al verlas armar sus puestos, me llamó la atención lo arduo de su trabajo. Repetidamente, mientras los posibles clientes pasaban por sus puestos, las vendedoras trataban de llamar la atención reasegurándolos de los buenos precios y la excelente calidad de la mercadería.  Por otra parte, aun pesar del calor seguían trabajando arduamente.

Al conversar con dos mujeres indígenas me maravilló su increíble talento, fuerza y dedicación.   Ambas me  contaron del viaje de 12 horas que les lleva llegar al mercado cada semana y las incontables horas de trabajo y práctica que les lleva desarrollar perfeccionar el talento para elaborar las artesanías que vendían.  Para mi fue un honor sentarme escucharlas hablar sobre su vida. Escucharlas hablar sobre sus pasiones, sus luchas y  sus éxitos no solo cambió en mi percepción hacia ellas, sino que además adquirí una invaluable experiencia y apreciación por su cultura y sus tradiciones nativas.

IMPRESIÓN DE CAROLYN WETZEL SOBRE EL MERCADO DE BENITO JUÁREZ: Oaxaca es una hermosa y colorida ciudad colonial con una amplia variedad de mercados en predios o al aire libre, excelentes restaurantes y magnīfica iglesias. El mercado Benito Juárez se encuentra en el corazón de Oaxaca rodeado de... Leer más aquí:
Oaxaca es una hermosa y colorida ciudad colonial con una amplia variedad de mercados en predios o al aire libreexcelentes restaurantes y magnīfica iglesias. El mercado Benito Juárez se encuentra en el corazón de Oaxaca rodeado de un sinnúmero de tiendas y de vendedores callejeros a lo largo y a lo ancho del perímetro del edificiomuchos de los puestos se ven protegidos del rayo del sol por grandes toldos. En las entradas del mercado se ven mujeres vendiendo chapulines, gusanos del maguey y fruta entre puestos de venta de carne y ropa. 

Este mercado lo tiene todo! Lo más impactante son sus colores y sus olores… Al ingresar al predio se siente el inconfundible aroma de tacos y chicharrón, piñas y mangos, y cuero y especias. Los colores y la gente abundan como un caleidoscopio en constante movimiento. Se puede pasar de un olor exquisito a uno punzante, como el olor de carne cruda, colgada de caños de metal o de tacos de chicharrón con piña. Noté a mujeres cortando fruta, haciendo tajos o friendo carne, o bien sentadas detrás de enormes pilas de chapulines o bien sentadas detrás de enormes pilas de chapulines, mirando a la gente pasar.

Los vendedores comienzan a armar sus puestos a partir de las 9:30 de la mañana, en su mayoria los puestos son atendidos por mujeres mestizas e indígenas. A esa hora del día el mercado se encuentra mucho más tranquilo puesto que varios puestos aún no se han abierto, lo cual facilita la mobilidad dentro del mercado. El predio del Mercado está rodeado de un sin fin de comercios y de vendedores callejeros donde se puede adquirir todo tipo de mercadería! Inmediatamente al entrar, vimos a un grupo de mujeres indígenas vestidas en sus trajes regionales, vendiendo  marcadores de libros y cucharas de madera liviana, decoradas con pájaros de una amplia gama de colores. 

A lo largo del día, vimos a muchas mujeres vendiendo este tipo de mercadería en el zócalo, en las calles y en el mercado.  Pensé en el cansancio que llevaba conmigo luego de haber caminado varias cuadras y no me imagino lo cansador que debe ser para ellas caminar tratando de vender las mercaderías que deben acarrear consigo durante todo el día.

El mercado de Benito Juárez realmente captura el espíritu del centro de Oaxaca. Se pueden ver esbozos de la modernidad en algunos souvenirs como llaveros, postales y productos fabricados al por mayor, como billeteras y carteras, no obstante, hay una originalidad y una belleza única en las artesanías, como las blusas y camisas pacientemente bordadas a mano. Uno puede llegar a sentirese un poco abrumado por la cantidad de objectos y de gente, y es fácil perderse entre la multitud de puestos. De hecho, uno percibe una sobrecarga de colores brillantes y aromes imposibles de identificar. Benito Juárez es un mercado vibrante donde la cultura se mantiene viva por medio del intercambio social los oaxaqueños y turistas.

Janet Chavez Santiago – Ciudad de México

Janet explica el proceso de creación y diseño de tapetes, nos habla sobre sus tradiciones familiares y sobre su comunidad.

Perú, febrero a mayo del 2018

Gladys Vara Mondaca – Ollantaytambo
Una cocinera comparte sus observaciones de los cambios vinculados al turismo y como afectan su vida y las de sus hijas.

Raquel Laura – San Blas

Puesto de jugos donde la vendedora habla de su vida cotidiana en el mercado, de su madre y de su hija adolescente.
IMPRESIÓN DE ALEX AHRENS SOBRE EL MERCADO DE URUBAMBA: Cada miércoles las mujeres que venden en Urubamba bajan al centro del pueblo de Kacllaracay para encontrar su paso a la ciudad. El viaje viene en la forma de un camión y nos sentamos.... Leer más aquí:
Cada miércoles las mujeres que venden en Urubamba bajan al centro del pueblo Kacllaracay; para encontrar su paso a la ciudad. El viaje viene en la forma de un camión y nos sentamos en la parte trasera del carro, al aire libre. A las siete el camión sale con todos encima, ovejas y chanchos, sacos de cebada y papa (nuestros asientos), jarros para recoger chicha en el mercado, y todos nosotros. La niebla en las montañas cuelgue crea un aire pesado y durante la hora que bajamos a Urubamba se puede oír murmullos de ‘chiri’ y ‘alalow’, expresiones de frío en quechua. Las mujeres envuelvan sus hombros y cabezas con sus mantas, que en la tarde serán sus bolsas de comestibles. Cuando bajamos, recogemos más y más gente del lado de la carretera para Urubamba. Mi primera vez en el camión no creí que pudieron caber más gente, pero cada cinco minutos una nueva persona subía. En muchos contextos veintiocho personas no parecen como mucho. Pero con mis rodillas en mi nariz, una bolsa de cuyes chillando a mis pies, y un puerco luchando en la esquina, cuando conté veintiocho personas en el fondo de ese camión, cada cifra significa un centímetro de espacio que perdí. Pero el camión era un lugar de comunidad también. Varias veces una awicha (abuelita) me compartió su manta, los niños siempre están protegidos del frío y luego, de pasada, los dejamos a su escuela, y a cada mamita le encanta la oportunidad de estar coqueteado con el chofer, Joel. El mercado en Urubamba es un lugar claustrofóbico. Como las mujeres de Kacllaracay, la gente viene de cada rincón del Valle Sagrado para vender las cosechas semanales. Los campesinos venden sus papas, cebada, habas, quinua y choclo. Si llegas en la mañana, cuidado por los sacos pesados encima de cada par de hombros, porque nunca sabes cuándo o dónde van a caer. Algunos vendedores caminan por el mercado todo el día con sus productos, quizás hierbas de manzanilla o culantro, solo para salir con algunos soles. Incluido en los vendedores de Urubamba están los veintiocho de Kacllaracay, y en contraste a la falta de espacio del camión, cuando llegamos al mercado ellos se dispersan rápidamente entre los cientos de personas del mercado, para ir de compras, comer algo que no pueden cocinar en su propio hogar, o encontrar parientes de otras comunidades.

Miriam Atau Pilleo y Elva Enríquez Quispe- Moray

Dos mujeres de la comunidad de Kacllaracay explican sus tejidos tradicionales en el mercado comercial de una ruina Inca.

Yolanda Rivera Huanca – Urubamba

Una perspectiva sobre como los cambios en la naturaleza y la granja afectan la vida diaria y mercantil de Pumahuanca.
LA IMPRESIÓN DE ALEX AHRENS SOBRE EL MERCADO DE OLLANTAYTAMBO: Caminando por las calles de piedra desde la plaza de Ollantaytambo, la cacofonía de sonidos del festival me sigue. Este fin de semana es la fiesta de Choquekilka, un feriado... Leer más aquí

Caminando por las calles de piedra desde la plaza de Ollantaytambo, la cacofonía de sonidos del festival me sigue. Este fin de semana es la fiesta de Choquekilka, un feriado que celebra el Pentecostés, mezclado con el inicio de la cosecha. Música española flota desde cada calle del pueblo y si se dobla en una esquina, probablemente habrá un grupo de bailarines con ropa brillante y adornada de flores y cascabeles. No se puede caminar por la plaza, pero si se encuentra un asiento, la gente que visita de los cerros a la cuenca de Ollantaytambo ofrece alimentos de la primera cosecha; choclo con queso andino, caldo de cabeza, sopa de quinua o zapallo, y definitivamente, chicha, una cerveza antigua, fermentada de maíz, y la estrella de cada festival andino.

En el mercado, todos están preparados para el torrente de clientes de este fin de semana. La venta de alimentos se ha derramado al callejón y los puestos de comida callejera se han multiplicado. También hay comidas especiales; churros y canchitas (palomitas de maíz especial), y las mujeres campesinas tienen chicha de jora, fruteada, de maíz morado o de zanahoria. Compro un vaso de chicha de zanahoria por un sol, por curiosidad y el encanto del color anaranjado. Quiero hablar con la vendedora que tiene los tipos diferentes de bebida, del fin de semana que viene, o de dónde es ella, pero es obvioque ella no quiere hablar. Ella mira por todo el mercado buscando otros clientes. Cuando termino de tomar, ella acepta el vaso en silencio y lo lava en un cubo de agua para la persona próxima.

Subo al tercer piso para encontrar almuerzo. El mercado de Ollantaytambo tiene un trazado similar a otros del Valle Sagrado; los alimentos se quedan en el primer piso, junto con carne, queso y los otros apestosos en el fondo mientras las mujeres con verduras bordean los pasillos. Adelante del mercado trabajan las vendedoras de comida callejera o las que no tienen un puesto en el mercado. Esas mujeres extienden una manta al suelo y la cubren con manzanas, papas, oca (un tubérculo andino), o cebada. El segundo piso tiene una mezcla de ropa, juguetes, y puestos de sastrería. Si se continua al tercer piso se puede encontrar casetas de comida. Cada vendedora tiene las mismas opciones, un a sopita seguida por un segundo, que sería arroz cubano, lomo saltado, chicharrón, o papas fritas. Elijo arroz cubano, como siempre, y Gladys, la cocinera, me lo sirve por cuatro soles, arroz cubierto con plátanos fritos, papas fritas, y un huevo frito, encima de todo. Termino cada bocado con uchucuta (salsa de ají), digo la gracias a Gladys, y bajo a través de las casillas para regresar a la fiesta. 

IMPRESIÓN DE ALEX AHRENS SOBRE EL MERCADO DE SAN BLAS EN CUSCO: El sol, Inti, abrasaba fuerte en las montañas de Cusco a 3.399 metros de altura, mientas subíamos a través de los callejones de la ciudad antigua. Asistíamos a clases de español y quechua cerca a la Plaza de Armas, y cuando estuve allá en las tardes o las noches... Leer más aquí:
El sol, Inti, abrasaba fuerte en las montañas de Cusco a 3.399 metros de altura, mientas subíamos a través de los callejones de la ciudad antigua. Asistíamos a clases de español y quechua cerca a la Plaza de Armas, y cuando estuve allá en las tardes o las noches, miraba el pedazo del cielo nocturno, imaginando las mismas estrellas y luna de la misma callejuela, quinientos años antes. Algunas tardes, escalamos desde el centro hasta la plaza vieja de San Blas, la zona más antigua de Cusco. Serpenteamos entre los turistas y los vendedores y hablamos en inglés y un poquito de español, cuando tenía sentido o las palabras inglesas se nos escapan.    

Recuerdo un día en particular cuando, sin aliento, llegamos a la plaza de San Blas y entramos al mercado. El mercado de San Blas es un espacio lleno de luz, con muros blancos, y un jardín pequeñito en el centro. En el jardín la gente tira semillas y pelas de las frutas compradas del mercado y crece un árbol, no mas alto que mi cintura, con flores anaranjadas. En el fondo venden comidas preparadas, y sin vacilación las cuatro gringas de nosotras nos acercamos a nuestro puesto favorito. Angelica y Raquel Laura nos saludan, “¡hola amigas!” y nos pasan las cartas, pero ya sabíamos lo que queríamos. Los jugos Raquel Laura preparó uno tras otro, maracuyá y mango, fresa y leche, jugo verde.

Mientras tanto, Angelica está preparando sándwiches para nosotras. Por cuatro soles recibí uno de queso andino, un huevo frito, lechuga y verduras, caliente y grasiento. Normalmente, Raquel Laura maneja nuestra interacción, pero cuando vengo solita al puesto, sin amigas rubias, Angelica me da la bienvenida para conversar. Con un poquito de titubeo ella permite que use mi grabadora de voz, y hablamos por una media hora de su vida. Comparte cosas cotidianas y eventualmente cosas colosales de la vida, a veces con una sonrisa debajo de las lágrimas. Nos separamos con un gesto y conocimiento nuevo de la otra, esperando la próxima vez con ansia.