Ecuador, marzo del 2018
María Chacaguasay – Otavalo
Cuenta sobre su orgullo de ser una mujer indígena y que le gusta dar a conocer las artesanías de las comunidades.
Luz María- Otavalo
Comparte recuerdos de su infancia y habla sobre la escasez de turismo internacional desde que Ecuador se dolarizó.
Elena Ramos- Otavalo
Indica de cómo aprendió a hacer el sombrero del Diablo Uma, que se emplea para las celebraciones del 14 de Julio.
María Sanchez- Otavalo
Rememora sobre su infancia y sus inicios como bordadora.
María Elena Cotacachi- Otavalo
Explica el proceso de diseño de colores y de materiales para adaptarlos al gusto del turista.
Guatemala, marzo del 2018
Doña Juanita – Chichicastenango
Puesto de comida donde la dueña habla de sus inicios como comerciante.
Yolanda – Chimaltenango
Tortillas al paso, a pedido y rapidísimo para apoyar el estudio de los hijos.
Marta – Chimaltenango
Las etapas de un día de trabajo para una vendedora de verduras y frutas.
Natalia – Chimaltenango
Vender verduras de hojas verdes en un puesto periférico.
México, mayo a julio del 2018
Hierbas Medicinales – Mercado de Sonora
El sector de hierbas y dos perspectivas sobre el incalculable valor de la medicina natural.
Ivelia – San Pedro de Cholula
Desde la niñez trabajando en el mercado y en el campo.
Jesús Manuel Hernández – Cholula
Almuerzo de mercado, entre memelas y paliacates Abril 5 de 2013.
Victoria- San Pedro de Cholula
Ya no se puede trabajar solamente en el campo, ahora los hijos estudian.
Irene Santiago Garcia- Benito Juárez
Describe sus inicios como pintora de artesanías y del arduo trabajo que conlleva vender en el mercado.
Margarita Perez – Benito Juárez
Narra sobre su entorno familiar, sobre su vida como vendedora y sobre su deseo de ser diseñadora de moda.
Yasmine Hernández – Benito Juárez
Opina sobre cómo se puede llegar a ser una buena vendedora y habla sobre las dificultades de mantener una familia cuando hay poca venta.
Rosa – Mercado de Abastos
Comprar y vender en el Mercado para abrirse camino.
Sara – Oaxaca
Cómo ser vendedora de alfalfa en el mercado y también ABOGADA!
Chocolate y Chapulines – Tlacolula
Empezamos probando chocolate y seguimos hablando de chapulines…
María Hernandez – Tlacolula
Habla sobre la administración de su negocio y sobre su trato con la clientela que asiste al mercado.
Janet Chavez Santiago – Ciudad de México
Janet explica el proceso de creación y diseño de tapetes, nos habla sobre sus tradiciones familiares y sobre su comunidad.
Perú, febrero a mayo del 2018
Gladys Vara Mondaca – Ollantaytambo
Una cocinera comparte sus observaciones de los cambios vinculados al turismo y como afectan su vida y las de sus hijas.
Una cocinera comparte sus observaciones de los cambios vinculados al turismo y como afectan su vida y las de sus hijas.
Raquel Laura – San Blas
Puesto de jugos donde la vendedora habla de su vida cotidiana en el mercado, de su madre y de su hija adolescente.
Miriam Atau Pilleo y Elva Enríquez Quispe- Moray
Dos mujeres de la comunidad de Kacllaracay explican sus tejidos tradicionales en el mercado comercial de una ruina Inca.
Yolanda Rivera Huanca – Urubamba
Una perspectiva sobre como los cambios en la naturaleza y la granja afectan la vida diaria y mercantil de Pumahuanca.
Las actividades dentro de la parroquia y en sus alrededores inmediatos son ejemplos contundentes del sincretismo religioso imperante en esta parte del mundo maya guatemalteco. Volví a la parroquia dos veces durante el día solamente porque quería sentarme y ser testigo de las celebraciones y ceremonias.
El mercado de Chichicastenango es de verdad maravilloso. Además de estar organizado en zonas y con puestos establecidos que llevan años vendiendo en el mismos lugar, hay también un segmento de la población que sigue la antigua tradición de concurrir a un lugar un día específico de la semana para comercializar. Es por eso que el mercado se extiende y desborda como otros mercados indígenas. En ciertas esquinas hay señalización indicando el nombre de la calle y la zona en que se encuentra, pero en otros sectores hay que buscar la manera de recordar espacios para poder ubicarse.
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Cerca del mediodía salimos del mercado tradicional y caminamos por el zócalo, otra zona llena de puestos de comida preparada y de frutas frescas recién cortadas que se venden como comida al paso.
Esta nota es sobre el mercado de Sonora, uno de los más grandes y populares. Está abierto de lunes a domingo de 9 de la mañana a 7 de la tarde y lo visité el martes 15 de mayo por la mañana tempranito, antes de la apertura real de los puestos. Entré por el sector donde están los juguestes de peluche, de todo tipo, color, tamaño y precio. Los vendedores acomodaban sus puestos, muchos de ellos bajo techos provisorios de plástico amarillo. Los pasillos dentro del mercado son angostos y algunos no muy bien iluminados. Pasé por varios pasillos en los que se venden animales vivos de todo tipo. Hay mascotas como por ejemplo cachorritos, canarios, pero también hay conejos, palomas, gallinas y animales más grandes como cerdos y borregos.
Las frutas y verduras frescas y las carnes están distribuidas en varios sectores y hay abundancia de oferta. Me sorprendió ver las carnes cortadas y separ
El mercado no está contenido en un edificio sino que se expande y se extiende a la calle y a otras callles.Tanto es así que se puede cruzar la avenida Fray Servando usando un puente/pasarella. En el sector del mercado que está en la calle existe también un área para depositar basura. De hecho, los camiones con basura y los que llevan mercadería transitan por los mismos pasillos angostos.
Ubicado en el centro histórico de la ciudad de México, el mercado de San Juan Pugibet es pequeño y casi como un patio de comidas. Hay muchísimos puestos de comida al paso, y de comida preparada para llevar y, como es de esperarse, las ofertas y llamados a probar las delicias de cada puesto son constantes.Para llegar al mercado caminado hay que pasar por muchos de los lugares icónicos del centro historico, como por ejemplo el Palacio de Bellas Artes.
También se pasa por muchos comercios y calles de actividad constante, y en una de ellas me llamó un mural de un niño.
Los hombres dominan esos puestos, pero hay mujeres también con quienes intenté conversar, pero estaban muy ocupadas tratando con sus posibles clientes y la verdad es que me sentí como un estorbo. Dos hermanas con quienes pude establecer un corto diálogo tenían dos corrales, uno con cerdos y el otro con borregos y de lo poco que me contaron, se han dedicado a la venta de animales desde siempre, pues es una tradición de familia. Como el sol comenzaba a pegar fuerte en es parte del mercado, casi en un abrir y cerrar de ojos, una de las mujeres sacó de su camión una viga larga de madera, algo de cuerda, y una lona que inmediatamente utilizó para armar un techo provisorio. Después de esperar un tiempo prudencial, pedimos disculpas y nos retiramos. Me hubiera encantado poder conversar más, ellas no estaban dispuestas.
Como su nombre lo indica, un mercado de Abastos contiene todo lo que se pueda necesitar y hay ventas tanto al por mayor como al consumidor final. Paseamos por el sector de las verduras y las frutas frescas, nos encontramos con gente conocida de Irma, lo que fue estupendo porque también conocimos a una vendedora que lleva tiempo en su puesto y lo hace mientras termina con sus estudios de abogacía.
En el interior de la parte cubierta del mercado, en lo que parece ser el edificio original, hay un sector especial de panes que no había visto en otros mercados. Estantes y más estantes de al menos dos pasillos de pan. Es una zona donde el perfume a pan recién hormeado, y el aroma inconfundible de la levadura mezclado con el peso del azúcar que se siente en el aire hacen que la compra sea irresistible! Hay tantas cosas ricas para probar. Inmediatamente al lado de los panes hay venta de chapulines, los icónicos insectos comestibles de Oaxaca.
Canastas llenas de chapulines de distintos tamaños, según mi amigo Jesús Manuel, cuanto más pequeños, más sabrosos, …no sé, no estoy convencida. Hay mucho más que ver en el Mercado de Abastos, pero como el tiempo apremiaba comenzamos a caminar con destino al mercado Benito Juárez, que está cerca de la catedral de Oaxaca y en el centro de toda la actividad comercial, social y cultural de la ciudad.
Mientras caminábamos por los puestos de comida se podía ver un esbozo de la modernidad, como por ejemplo, cantidad de puestos vendían anteojos, playeras y CDs. Me llamó la atención el contraste entre estos objetos y los vendedores. Mientras que muchos de los ellos llevaban ropa a la moda como blusas o camisas con jeans, otros, en particular, las mujeres indígenas vestían ropa hermosamente ornamentada. Su ropa era vibrante y exquisitamente bordada. Además de los diversos tonos de azul y rosa entretejidos en el bordado de sus blusas, muchas mujeres también llevaban pañuelos de seda en su cabeza con detalles de flores, y junto a ellas, se podían ver camisas hechas a mano, refinada joyería artesanal con mostacillas y pedrería y tapices.Una vez que nos adentramos en el corazón del mercado me encontré enfrente de un edificio con cientos de vendedores. El edificio tenía varias secciones –por ejemplo, un área de venta carne donde se exhibía al público colgada de caños; en otras secciones había montañas de pan, y próximo a ellos, se podían apreciar varias piezas de arte hecho a mano. Uno de los pasillos principales albergaba a varias mujeres indígenas sentadas en el piso, vendiendo flores y plantas multicolores.
Al conversar con dos mujeres indígenas me maravilló su increíble talento, fuerza y dedicación. Ambas me contaron del viaje de 12 horas que les lleva llegar al mercado cada semana y las incontables horas de trabajo y práctica que les lleva desarrollar perfeccionar el talento para elaborar las artesanías que vendían. Para mi fue un honor sentarme escucharlas hablar sobre su vida. Escucharlas hablar sobre sus pasiones, sus luchas y sus éxitos no solo cambió en mi percepción hacia ellas, sino que además adquirí una invaluable experiencia y apreciación por su cultura y sus tradiciones nativas.
Los vendedores comienzan a armar sus puestos a partir de las 9:30 de la mañana, en su mayoria los puestos son atendidos por mujeres mestizas e indígenas. A esa hora del día el mercado se encuentra mucho más tranquilo puesto que varios puestos aún no se han abierto, lo cual facilita la mobilidad dentro del mercado. El predio del Mercado está rodeado de un sin fin de comercios y de vendedores callejeros donde se puede adquirir todo tipo de mercadería! Inmediatamente al entrar, vimos a un grupo de mujeres indígenas vestidas en sus trajes regionales, vendiendo marcadores de libros y cucharas de madera liviana, decoradas con pájaros de una amplia gama de colores. 
Cuando bajamos, recogemos más y más gente del lado de la carretera para Urubamba. Mi primera vez en el camión no creí que pudieron caber más gente, pero cada cinco minutos una nueva persona subía. En muchos contextos veintiocho personas no parecen como mucho. Pero con mis rodillas en mi nariz, una bolsa de cuyes chillando a mis pies, y un puerco luchando en la esquina, cuando conté veintiocho personas en el fondo de ese camión, cada cifra significa un centímetro de espacio que perdí. Pero el camión era un lugar de comunidad también. Varias veces una awicha (abuelita) me compartió su manta, los niños siempre están protegidos del frío y luego, de pasada, los dejamos a su escuela, y a cada mamita le encanta la oportunidad de estar coqueteado con el chofer, Joel.
El mercado en Urubamba es un lugar claustrofóbico. Como las mujeres de Kacllaracay, la gente viene de cada rincón del Valle Sagrado para vender las cosechas semanales. Los campesinos venden sus papas, cebada, habas, quinua y choclo. Si llegas en la mañana, cuidado por los sacos pesados encima de cada par de hombros, porque nunca sabes cuándo o dónde van a caer. Algunos vendedores caminan por el mercado todo el día con sus productos, quizás hierbas de manzanilla o culantro, solo para salir con algunos soles. Incluido en los vendedores de Urubamba están los veintiocho de Kacllaracay, y en contraste a la falta de espacio del camión, cuando llegamos al mercado ellos se dispersan rápidamente entre los cientos de personas del mercado, para ir de compras, comer algo que no pueden cocinar en su propio hogar, o encontrar parientes de otras comunidades.
En el mercado, todos están preparados para el torrente de clientes de este fin de semana. La venta de alimentos se ha derramado al callejón y los puestos de comida callejera se han multiplicado. También hay comidas especiales; churros y canchitas (palomitas de maíz especial), y las mujeres campesinas tienen chicha de jora, fruteada, de maíz morado o de zanahoria.
Compro un vaso de chicha de zanahoria por un sol, por curiosidad y el encanto del color anaranjado. Quiero hablar con la vendedora que tiene los tipos diferentes de bebida, del fin de semana que viene, o de dónde es ella, pero es obvioque ella no quiere hablar. Ella mira por todo el mercado buscando otros clientes. Cuando termino de tomar, ella acepta el vaso en silencio y lo lava en un cubo de agua para la persona próxima.
Subo al tercer piso para encontrar almuerzo. El mercado de Ollantaytambo tiene un trazado similar a otros del Valle Sagrado; los alimentos se quedan en el primer piso, junto con carne, queso y los otros apestosos en el fondo mientras las mujeres con verduras bordean los pasillos. Adelante del mercado trabajan las vendedoras de comida callejera o las que no tienen un puesto en el mercado. Esas mujeres extienden una manta al suelo y la cubren con manzanas, papas, oca (un tubérculo andino), o cebada. El segundo piso tiene una mezcla de ropa, juguetes, y puestos de sastrería. Si se continua al tercer piso se puede encontrar casetas de comida. Cada vendedora tiene las mismas opciones, un a sopita seguida por un segundo, que sería arroz cubano, lomo saltado, chicharrón, o papas fritas. Elijo arroz cubano, como siempre, y Gladys, la cocinera, me lo sirve por cuatro soles, arroz cubierto con plátanos fritos, papas fritas, y un huevo frito, encima de todo. Termino cada bocado con uchucuta (salsa de ají), digo la gracias a Gladys, y bajo a través de las casillas para regresar a la fiesta.
sin amigas rubias, Angelica me da la bienvenida para conversar. Con un poquito de titubeo ella permite que use mi grabadora de voz, y hablamos por una media hora de su vida. Comparte cosas cotidianas y eventualmente cosas colosales de la vida, a veces con una sonrisa debajo de las lágrimas. Nos separamos con un gesto y conocimiento nuevo de la otra, esperando la próxima vez con ansia.